martes, 6 de julio de 2010

Capítulo 1: Hoy aquí, mañana también

El despertador rompía el silencio del apartamento de Islas Filipinas. Martín, tanteó la mesilla hasta dar con el botón que le librara de aquel estridente sonido que le robaba de un descanso más que merecido, pero no había tiempo para remolonear. Saltó de la cama esquivando una maleta cerrada para encaminarse al baño donde realizar sus abluciones matutinas.

Tras lavarse la cara, fijó la mirada en aquel extraño ser que le observaba al otro lado del espejo. Como había pasado el tiempo, atrás quedaban los años mozos en que todo era diversión y pocas preocupaciones. Pero no había tiempo para lamentos, tenía un objetivo claro. Debía coger un avión y alejarse todo lo posible.

Consiguió salir de casa a la hora que se había propuesto, aún con migas en la barba del desayuno que había terminado de tomar mientras bajaba en el ascensor, empujó la maleta hasta el taxi que le esperaba en la puerta.

- Buenos días, al aeropuerto por favor

Mientras el taxista bajaba la bandera, Martín se ponía el cinturón de seguridad. “¿Cómo hemos podido llegar hasta este punto?, nada tiene sentido”. En su regazo Martín se aferraba a un estuche rectangular tapizado en cuero negro del tamaño de una caja de puros.



El conductor del taxi subió el volumen de la radio tras un par de mal medidos intentos de entablar conversación. Martín tenía demasiadas cosas en la cabeza, miró distraídamente el objeto que sujetaba en su regazo y se sumergió en sus pensamientos.


24 horas antes:

En el laboratorio, María Luisa había madrugado para terminar de anotar los datos resultantes de las últimas muestras tomadas. Había sido una semana emocionante tras los resultados de los últimos experimentos y no había tenido tiempo con el ajetreo de terminar de recolectar los datos del estudio por lo que llegó al laboratorio a las 6 de la mañana, sabía que a esa hora tendría la calma que necesitaba para esta tarea.

El pequeño laboratorio había pasado de la tranquila rutina de unos pocos estudiantes tomando muestras y cuidando los animales del laboratorio a una actividad frenética y continuas llamadas de teléfono de la prensa en la última semana. Laboratorios de medio mundo estaban interesados en los resultados de las pruebas que se estaban realizando.

María Luisa, dio los buenos días al guardia que dormitaba en su garita, este sobresaltado se esmeró en abrir los ojos y entornándolos conseguir identificar a la persona que amablemente le había despertado. Una vez reconocida, le devolvió el saludo con un gruñido mientras pulsaba el botón que abría la puerta.

No era la primera vez que llegaba tan pronto, por lo que dejando al guardia atrás procedió a buscar el interruptor en la oscuridad para ir encendiendo las luces del pasillo. Con el dubitativo encendido de los fluorescentes se iluminó un aséptico blanco pasillo por el que María Luisa se encaminó.

A los lados, las acristaladas puertas dejaban entrever despachos y laboratorios. Al llegar al final del pasillo giró sobre sí misma para continuar su camino por el corredor de la derecha que parecía extenderse hasta donde alcanzaba la vista.

En la cara de María Luisa el cansancio producido por la actividad de la semana se ocultaba con la emoción que le producía estar en el foco de la mirada de la comunidad científica. Aún no había tenido tiempo de parar y darse cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor, los análisis obtenidos se habían filtrado y revistas especializadas se desvivían en concertar entrevistas para mostrar al mundo los logros obtenidos.

Un ruido le sacó de sus ensoñaciones. Parecía proceder del interior de uno de los laboratorios que se situaban a los lados del pasillo. Hizo amago de pararse un instante midiendo la situación y continuó su camino por el pasillo. De nuevo el estrepitoso sonido de cristales rompiéndose al caer al suelo la envolvió por lo que aceleró el paso. Parecía proceder de su laboratorio.

En una cafetería de la terminal, Martín dejaba enfriarse el café en la mesa mientras tecleaba frenéticamente en su ordenador, todo había sucedido tan rápido que no había tenido tiempo de avisar a nadie de su repentino viaje. Había pagado por un café y por media hora de conexión a Internet y aún estaba consumiéndole el atraco que le había parecido el precio de estos dos servicios, se aprovechaban de la necesidad y aburrimiento de la gente que no tenía más remedio que ‘hacer tiempo’ mientras esperaban sus vuelos.

A cada párrafo que escribía lo releía una y otra vez asegurándose de no dar más datos de los necesarios pero si poder tranquilizar a su familia y amigos. Jose Pedro se lo había dejado meridianamente claro, nadie debía conocer su destino.

El panel informativo indicó la puerta de embarque de su vuelo. Apurando el café guardó el ordenador en su funda y cogiendo el estuche negro abandonó la cafetería.

El teléfono comenzó a vibrar en su bolsillo -¿quién puede ser a estas horas?- sacó el teléfono, en la pantalla decía “Jose Pedro” así que descolgó:

- ¿Ya estás en el aeropuerto?
- Buenos días, Jose Pedro
- ¿A qué hora sale tu vuelo?
- Ya han llamado para embarcar, saldremos en breve. Todo va como lo hablamos ayer.
- Por favor, no lo pierdas de vista. No podemos permitirnos perderlo.
- Tranquilízate, ¿has sacado a pasear a Bobby?
- No sé para qué, se ve que ya ha hecho todo lo que tenía que hacer en mi alfombra.
- Más te vale que esté bien cuando vuelva. Voy a embarcar, te llamaré después de reunirme con el Dr. Warrovil


Apagó el teléfono para no verse importunado con nuevas llamadas y entregó su billete a la solícita azafata que desempeñaba el papel de comprobar que nadie se metía en un vuelo que no le correspondía.